
La bella sacerdotisa Medusa dudó por un momento de su destino, ante los demás poseía un gran prestigio, pero en el fondo de su corazón anhelaba una vida cotidiana. Caminó por la gran galería de columnas y se sintió pequeña. Sus sandalias dejaban traspasar el frío del mármol y su túnica danzaba con la suavidad de un despliegue de alas, la brisa cálida de una tarde de mayo, la reconfortó. Al entrar en el templo comprendió todo, la inmensidad de su diosa la hizo elevarse en un trance místico, el destello dorado de su túnica y su piel de marfil contrastaban con los claroscuros de las velas y las pilas con perfumes florales, Atenea, poder virginal y puro, símbolo y guía de su vida. Contemplarla en toda su magnificencia le dio fuerzas, a pesar de su alma mortal, conseguiría estar a su altura. La naturaleza la había dotado de una belleza inigualable, su cuerpo estaba tallado armónicamente, su cabello perfumado caía en cascadas sobre su rostro, a su espalda se deslizaba trenzado y anudado con un pasador de marfil y oro. Nadie mancillaría su belleza, nunca, Medusa confiaba en la protección divina, así que disipó esos pensamientos.
El verano estaba cada vez mas cerca, pero sin llegar a dar su paso firme, el clima a pesar de la época estaba raro, diferente, días atrás la brisa le había traído el aroma del mar, a veces lo sentía tan cerca, que podía casi palparlo, el aire estaba cargado de aromas de rocas, arena, algas... si cerraba los ojos, podía oír hasta el sonido de las olas cuando mostraban sus cicatrices de espuma. Era una sensación extraña pero al mismo tiempo placentera, el mar y su inmensidad era lo más parecido al infinito que conocía, horizonte inalcanzable, pero al mismo tiempo sereno. Esa tarde esas sensaciones se empezaban a multiplicar atropelladamente, hasta tal extremo que insultaban cualquier vestigio de posible cordura. Se arrodilló como hacía a diario para ordenar las ofrendas, cuando algo la dejó petrificada, inmóvil, las velas titilaban alocadamente, un viento húmedo, nauseabundo, parecido al cúmulo de algas que dejaban los temporales y se descomponían amontonados, le hizo sentir nauseas, ¿qué estaba pasando?, de repente sintió una presencia que la rodeaba ahogándola, dejándola casi sin aliento para respirar, pudo volverse por un instante y ver aquellos ojos azules como el mar inmenso, los ojos de Poseidón que brillaban en un arcoíris con matices verdosos y grisáceos, aquellos ojos le transmitieron las intenciones sin mediar palabra, y un gran terror hizo que su cuerpo se paralizara transformándose en algo cercano a la piedra, un dolor terrible la atravesó completamente, algo parecido a una lanza de hielo le abrió las entrañas, y se desvaneció. Cuando recobró el conocimiento era demasiado tarde, un charco de sangre helada y espesa bajaba por sus muslos en un sacrificio de terror. Pudo ordenar las ideas, había sido mancillada, humillada, violada, acababan de romper en dos su destino, todo a partir de entonces era imposible, rogó piedad por su alma ante la diosa, que se tornó de piedra ante sus ojos, huyó y como pudo salió de la estancia.
La maldición era inevitable, Atenea no podía soportar la visión de aquel cuerpo que en otros tiempos había amado hasta la locura, tenía que transformarlo, su templo estaba profanado con el más vil de los crímenes, el deseo y debilidad de los hombres, Medusa pasaría a ser el monstruo con la fuerza y el poder de la muerte.
Las circunstancias la habían arrojado al peor de los destinos posibles, su piel tersa y aterciopelada empezó a encogerse, todo ello entre dolores insoportables, el hedor de la muerte comenzó a fundirse con él, y su rostro se hinchaba grotescamente, sus ojos se arañaban con sus párpados hasta que quedaron inmóviles, su lengua crecía y salía descontroladamente, entre efluvios humeantes y pútridos, Medusa comenzó a gritar desesperadamente, intentaba arrancarse la piel que la aprisionaba. Su cabello comenzó a transformarse en una masa viscosa y fría que se movía, miles de serpientes coronaban su cabeza retorciéndose en una lucha feroz por moverse, el dolor era insoportable... su destino... marcado para siempre, ahora, aislada de la humanidad, era la dama de la muerte.



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