lunes, 30 de enero de 2012


Hoy he descubierto que el tiempo no existe..., porque cerca de ti los muros que lo contienen se estrechan ante mis deseos de expandirlo..., porque camina a paso lento cuando tu esencia se divulga sin que mis sentidos lleguen a percibirla..., porque carece de sentido si deja de ser la sala de espera de tu presencia. Hoy el tiempo no depende de ti, ni de mi, ni de nadie...hoy, mi tiempo se transmuta en un no tiempo...rompe relojes y manecillas ordenadas...hoy desaparece en el delirio de la irracionalidad..., esa que se empeña en anclarse en un pálpito...hoy mi vida carece de números, de medidas, de raseros...hoy mi comienzo y mi fin danzaran para siempre girando alrededor de tu epicentro.

lunes, 16 de enero de 2012


Hoy mi alma vaga perdida en la orilla de la nada... busca donde no hay respuesta posible, donde el silencio se cubre de crueldad indiferente.
Hoy tu paso lejano deja un cerco de ausencia difícil de soportar y es que...ahora sé que cualquier momento en tus palabras hace que mi existencia cobre sentido, hoy sé, que lo más importante es lo jamás dicho...hoy sé, que no hay léxico posible cuando el corazón es el que se expresa y que, no hay entendimiento posible si el latido no es acompasado...Hoy, la duda y el convencimiento luchan con igualdad de fuerzas... y...en medio de ellas, aguanto su apaleo constante. Hoy mis ojos son incapaces de perder su brillo salado, desbordándose en hilos sobre mi piel, hoy, creo que por fín, he aprendido a llorar.

miércoles, 11 de enero de 2012

insomnio.


(...)La opacidad que se abría frente a mi se asemajaba al paisaje espeso de un bosque inmerso en una película de suspense. Pero, como en el papel del revelado de una copia antigua, la estancia se perfilaba sutilmente hasta hacerse familiar y tangible. Tras el pequeño ventanuco del techo abuhardillado se vislumbraba una noche cristalina y fría.
Ana, dormitaba en frente de mi acurrucada en la mecedora como una niña pequeña, la conocía poco y sin embargo compartíamos todos nuestros secretos...largas noches de insomnio, tabaco, apuntes, códigos y nervios habían hecho que se fraguara una amistad que no necesitaba dilatarse en el tiempo para ser sólida.
El silbido del aire se colaba en ráfagas por debajo de la gran puerta de hierro que daba a la azotea, concediendo al silencio un cierto tono fantasmal. Salí sin hacer ruído en un intento de escapar al sopor que comenzaba a invadirme. A esas horas, todo cambia, y es que...tras los muros, en el paisaje de tejados de ciudad, no hay oscuridad aunque la noche haya llegado, no hay silencios aunque la gran parte de su alma esté dormida...solo existen brazos de hierro alzándose hacia un abismo, en el que se asoman tímidamente algunas estrellas tras el velo luminoso que las grandes ciudades poseen. Solo te arropa el motor de algún coche lejano, un ladrido a destiempo, un claxón equivocado y la campana ignorada que marca el paso de aquello que no volverá.(...)