
(...)La opacidad que se abría frente a mi se asemajaba al paisaje espeso de un bosque inmerso en una película de suspense. Pero, como en el papel del revelado de una copia antigua, la estancia se perfilaba sutilmente hasta hacerse familiar y tangible. Tras el pequeño ventanuco del techo abuhardillado se vislumbraba una noche cristalina y fría.
Ana, dormitaba en frente de mi acurrucada en la mecedora como una niña pequeña, la conocía poco y sin embargo compartíamos todos nuestros secretos...largas noches de insomnio, tabaco, apuntes, códigos y nervios habían hecho que se fraguara una amistad que no necesitaba dilatarse en el tiempo para ser sólida.
El silbido del aire se colaba en ráfagas por debajo de la gran puerta de hierro que daba a la azotea, concediendo al silencio un cierto tono fantasmal. Salí sin hacer ruído en un intento de escapar al sopor que comenzaba a invadirme. A esas horas, todo cambia, y es que...tras los muros, en el paisaje de tejados de ciudad, no hay oscuridad aunque la noche haya llegado, no hay silencios aunque la gran parte de su alma esté dormida...solo existen brazos de hierro alzándose hacia un abismo, en el que se asoman tímidamente algunas estrellas tras el velo luminoso que las grandes ciudades poseen. Solo te arropa el motor de algún coche lejano, un ladrido a destiempo, un claxón equivocado y la campana ignorada que marca el paso de aquello que no volverá.(...)