lunes, 25 de octubre de 2010

MEDUSA.



La bella sacerdotisa Medusa dudó por un momento de su destino, ante los demás poseía un gran prestigio, pero en el fondo de su corazón anhelaba una vida cotidiana. Caminó por la gran galería de columnas y se sintió pequeña. Sus sandalias dejaban traspasar el frío del mármol y su túnica danzaba con la suavidad de un despliegue de alas, la brisa cálida de una tarde de mayo, la reconfortó. Al entrar en el templo comprendió todo, la inmensidad de su diosa la hizo elevarse en un trance místico, el destello dorado de su túnica y su piel de marfil contrastaban con los claroscuros de las velas y las pilas con perfumes florales, Atenea, poder virginal y puro, símbolo y guía de su vida. Contemplarla en toda su magnificencia le dio fuerzas, a pesar de su alma mortal, conseguiría estar a su altura. La naturaleza la había dotado de una belleza inigualable, su cuerpo estaba tallado armónicamente, su cabello perfumado caía en cascadas sobre su rostro, a su espalda se deslizaba trenzado y anudado con un pasador de marfil y oro. Nadie mancillaría su belleza, nunca, Medusa confiaba en la protección divina, así que disipó esos pensamientos.

El verano estaba cada vez mas cerca, pero sin llegar a dar su paso firme, el clima a pesar de la época estaba raro, diferente, días atrás la brisa le había traído el aroma del mar, a veces lo sentía tan cerca, que podía casi palparlo, el aire estaba cargado de aromas de rocas, arena, algas... si cerraba los ojos, podía oír hasta el sonido de las olas cuando mostraban sus cicatrices de espuma. Era una sensación extraña pero al mismo tiempo placentera, el mar y su inmensidad era lo más parecido al infinito que conocía, horizonte inalcanzable, pero al mismo tiempo sereno. Esa tarde esas sensaciones se empezaban a multiplicar atropelladamente, hasta tal extremo que insultaban cualquier vestigio de posible cordura. Se arrodilló como hacía a diario para ordenar las ofrendas, cuando algo la dejó petrificada, inmóvil, las velas titilaban alocadamente, un viento húmedo, nauseabundo, parecido al cúmulo de algas que dejaban los temporales y se descomponían amontonados, le hizo sentir nauseas, ¿qué estaba pasando?, de repente sintió una presencia que la rodeaba ahogándola, dejándola casi sin aliento para respirar, pudo volverse por un instante y ver aquellos ojos azules como el mar inmenso, los ojos de Poseidón que brillaban en un arcoíris con matices verdosos y grisáceos, aquellos ojos le transmitieron las intenciones sin mediar palabra, y un gran terror hizo que su cuerpo se paralizara transformándose en algo cercano a la piedra, un dolor terrible la atravesó completamente, algo parecido a una lanza de hielo le abrió las entrañas, y se desvaneció. Cuando recobró el conocimiento era demasiado tarde, un charco de sangre helada y espesa bajaba por sus muslos en un sacrificio de terror. Pudo ordenar las ideas, había sido mancillada, humillada, violada, acababan de romper en dos su destino, todo a partir de entonces era imposible, rogó piedad por su alma ante la diosa, que se tornó de piedra ante sus ojos, huyó y como pudo salió de la estancia.

La maldición era inevitable, Atenea no podía soportar la visión de aquel cuerpo que en otros tiempos había amado hasta la locura, tenía que transformarlo, su templo estaba profanado con el más vil de los crímenes, el deseo y debilidad de los hombres, Medusa pasaría a ser el monstruo con la fuerza y el poder de la muerte.

Las circunstancias la habían arrojado al peor de los destinos posibles, su piel tersa y aterciopelada empezó a encogerse, todo ello entre dolores insoportables, el hedor de la muerte comenzó a fundirse con él, y su rostro se hinchaba grotescamente, sus ojos se arañaban con sus párpados hasta que quedaron inmóviles, su lengua crecía y salía descontroladamente, entre efluvios humeantes y pútridos, Medusa comenzó a gritar desesperadamente, intentaba arrancarse la piel que la aprisionaba. Su cabello comenzó a transformarse en una masa viscosa y fría que se movía, miles de serpientes coronaban su cabeza retorciéndose en una lucha feroz por moverse, el dolor era insoportable... su destino... marcado para siempre, ahora, aislada de la humanidad, era la dama de la muerte.

viernes, 22 de octubre de 2010


"Quiero que sepas que las mayoría de mis cadenas de carne están provocadas por tus miedos".

El aire era cargado y espeso, voces banales se arremolinaban y la aturdían en una sinfonía demencial, al tiempo que clausuraban cuaquier tipo de armonía. Sentada frente a un café, frío, negruzco y sin espuma, intentaba ordenar alguna de las muchas ideas que la aturdían. No podía aceptarlo, se sentía malvada, sucia, inhumana, y lo peor, menos libre. Acababa de cambiar sus cadenas por otras nuevas, las de la conciencia. Ocho años de relación son muchos "te quiero" como para borrarlos de un plumazo. En cada uno de ellos había un matiz siniestro, sombrío e hipócrita. Demasiadas veces, se sintió incómoda cuando los pronunciaba dubitativa y temblorosa, los acompañaban un cierto matiz obligado. Ella lo hacía dominada por aquella parte de si misma que tanto odiaba, esa parte irracional que la envolvía en un torbellino pasional y la llevaba al borde de la locura. La inactividad de sus obras, el no hacer nada por cambiar, en cierta manera, la disculpaban ante si misma. Miraba su propia vida desde la butaca de espectadora y se sentía cómoda bajo el guión del destino. Aunque, por esa causa había llorado mil veces, algo superior a sus fuerzas le hacía permanecer en aquél estado y no poner freno. Era cobarde, esperaba que el tiempo fuera desmigajando los sentimientos y deteriorara la fuerza de éstos.

lunes, 18 de octubre de 2010

Poison.


Intentó moverse, pero algo retenía sus manos, apenas alcanzaba a distinguir la claridad del pequeño ventanuco que tenía al fondo...sus párpados eran pesados y le mostraban una realidad velada y espesa, parecida a aquella que solía mirar desde niño a través del fondo de los vasos con líquido. ¿Dónde estaba?, no pudo articular palabra, un dolor punzante, como si lo taladraran miles de clavos respondieron al vano intento de emitir cualquier sonido. Poco a poco iba ordenando ideas, estaba en un hospital, o al menos tenía casi la certeza, el olor, el sonido del respirador y el macador del ritmo cardíaco lo delataban, eso lo tranquilizó un poco, al menos estaba vivo y a salvo. Alguien se acercó y reconoció un perfume familiar, sintió el calor de la mano de su mujer que lo acariciaba en una actitud casi maternal, el olor floral de su perfume y el aroma avainillado de su escote hicieron que se sintiera como en casa, ahora no tenía nada que temer... ella se acercó con una suavidad casi felina y le susurró al oído..."nos vemos en el infierno". De repente la realidad le dio un vuelco, ¡era ella!, se retorció en un vano intento por moverse, trató de escapar, pero su cuerpo debilitado ya no respondía a sus impulsos, sintió náuseas, su pecho se aceleraba y convulsionaba en una lucha feroz por atrapar el útimo aliento, pero... cerró los ojos (...)