
No recuerdo la primera vez que la ví porque probablemente yo era muy pequeña, solo sé que con el tiempo pasé largas temporadas a su lado. Mi infancia inocente y torpe, no dejaban ver la realidad de lo que ella representaba, sólo el tiempo y la ayuda del recuerdo, hacen que la llegue a entender. Su estela débil, aún saldrá en alguna conversación del recuerdo, incluso yo misma, que la respetaba y temía, he llegado a olvidarla en gran parte, muchas veces, las personas influyen momentáneamente. Cuando desaparecen, a veces, dejan poco.
Ella era una mujer de un porte impresionante, alta, de huesos firmes. Su cuerpo era bien estructurado, siempre llevaba vestidos que anudaba en la cintura, imagino que en un gesto de coquetería recatada, ya que ella era de una decencia desmesurada, había enviudado muy joven, de su marido nunca hablaba, es más, si alguna vez dijo algo, fue provocadada por mi interrogatorio curioso, yo solo conocí de él una pequeña foto retocada en blanco y negro, dónde aparecía un joven desdibujado, vestido de uniforme. Según ella, había muerto en alguna batalla de la que no recuerdo el nombre.
Era una mujer distante, de pocos arrumacos, nunca logré un beso espontáneo hacia mí, aunque si he de decir, tampoco despreció ninguno de los míos.
Contaba historias de las personas que habían pasado por su vida, manteniendo siempre su porte orgulloso, todo era perfecto en el pasado, la vida le había dado muchas y variadas crueles lecciones, quizá por eso, se hallaba escudada tras un muro de frialdad, muchas de las personas a las que ella amó, de una forma u otra habían desaparecido de su lado, ¿para qué querer tan intensamente a nadie mas?, tarde o temprano va a desaparecer...Primero su marido, dejandola sóla en plena juventud y embarazada de mellizas. Tuvo que observar como una de ellas, la más valiosa para ella, exhalaba su último aliento ante su mirada desgarrada, su hermano, su madre, su abuela...
Lo más extraño, y que jamás llegaré a entender, es como nunca, jamás, cambiaba su expresión cuando hablaba de esas cosas, jamás vi un tono de flaqueza, ni una lágrima o gesto de dolor en su rostro.
Su afán constante era educarme y hacer de mí una perfecta "señorita", yo pasaba por alto esas cosas, que se tornaban artificiales y sin mucho sentido, eran flecos de una época que no me tocó vivir, un poco sin sentido, ella se esforzaba estrictamente, quizá por eso empecé con el tiempo, a huir de su presencia.
Sus días estaban perfectamente estructurados, nunca la ví levantarse, supongo que lo haría con gran cuídado, probablemente, para no perturbar mi sueño. Yo solía despertarme con el olor del café recién hecho, y las tostadas que cuidadosamente me preparaba. A media mañana solía venir, Candela, una mujer tosca de pelo rojizo, que se encargaba de las tareas del hogar, sus facciones estaban arrugadas de una manera grotesca, su piel de una blancura extrema, contrastaba con el gran número de pecas que poseía. Era una mujer llamativa, un poco ordinaria en sus modos, se movía sin cuidado, caminaba con los brazos semiabiertos, en un vaivén de aire casi militar.
El trato entre ellas era muy distante, Candela siempre mantenía un aire sumiso, a pesar del trato cordial que recibía, nunca entendí porque ella nunca me dejó hablarle, me decía; "tu eres una señorita, haz el favor de darte tu lugar".
A media mañana nos llamaba a un pequeño altar que tenía en una alcoba, para rezar el angelus, era una estancia pequeña con un aparador al fondo que dentro de sus puertas, guardaba las pequeñas figuras de los santos, acompañados de alguna foto antigüa de personas que desconocía y que se tornaban de un color dorado a la luz de las velas y las lamparillas de aceite, yo me distraía mirando sus llamas parpadeantes, tenía estrictamente prohibido entrar en aquella estancia, pero, lo que ella no sabía era que sola, nuca lo habría hecho.






