domingo, 16 de noviembre de 2008

ella...


No recuerdo la primera vez que la ví porque probablemente yo era muy pequeña, solo sé que con el tiempo pasé largas temporadas a su lado. Mi infancia inocente y torpe, no dejaban ver la realidad de lo que ella representaba, sólo el tiempo y la ayuda del recuerdo, hacen que la llegue a entender. Su estela débil, aún saldrá en alguna conversación del recuerdo, incluso yo misma, que la respetaba y temía, he llegado a olvidarla en gran parte, muchas veces, las personas influyen momentáneamente. Cuando desaparecen, a veces, dejan poco.
Ella era una mujer de un porte impresionante, alta, de huesos firmes. Su cuerpo era bien estructurado, siempre llevaba vestidos que anudaba en la cintura, imagino que en un gesto de coquetería recatada, ya que ella era de una decencia desmesurada, había enviudado muy joven, de su marido nunca hablaba, es más, si alguna vez dijo algo, fue provocadada por mi interrogatorio curioso, yo solo conocí de él una pequeña foto retocada en blanco y negro, dónde aparecía un joven desdibujado, vestido de uniforme. Según ella, había muerto en alguna batalla de la que no recuerdo el nombre.
Era una mujer distante, de pocos arrumacos, nunca logré un beso espontáneo hacia mí, aunque si he de decir, tampoco despreció ninguno de los míos.
Contaba historias de las personas que habían pasado por su vida, manteniendo siempre su porte orgulloso, todo era perfecto en el pasado, la vida le había dado muchas y variadas crueles lecciones, quizá por eso, se hallaba escudada tras un muro de frialdad, muchas de las personas a las que ella amó, de una forma u otra habían desaparecido de su lado, ¿para qué querer tan intensamente a nadie mas?, tarde o temprano va a desaparecer...Primero su marido, dejandola sóla en plena juventud y embarazada de mellizas. Tuvo que observar como una de ellas, la más valiosa para ella, exhalaba su último aliento ante su mirada desgarrada, su hermano, su madre, su abuela...
Lo más extraño, y que jamás llegaré a entender, es como nunca, jamás, cambiaba su expresión cuando hablaba de esas cosas, jamás vi un tono de flaqueza, ni una lágrima o gesto de dolor en su rostro.
Su afán constante era educarme y hacer de mí una perfecta "señorita", yo pasaba por alto esas cosas, que se tornaban artificiales y sin mucho sentido, eran flecos de una época que no me tocó vivir, un poco sin sentido, ella se esforzaba estrictamente, quizá por eso empecé con el tiempo, a huir de su presencia.
Sus días estaban perfectamente estructurados, nunca la ví levantarse, supongo que lo haría con gran cuídado, probablemente, para no perturbar mi sueño. Yo solía despertarme con el olor del café recién hecho, y las tostadas que cuidadosamente me preparaba. A media mañana solía venir, Candela, una mujer tosca de pelo rojizo, que se encargaba de las tareas del hogar, sus facciones estaban arrugadas de una manera grotesca, su piel de una blancura extrema, contrastaba con el gran número de pecas que poseía. Era una mujer llamativa, un poco ordinaria en sus modos, se movía sin cuidado, caminaba con los brazos semiabiertos, en un vaivén de aire casi militar.
El trato entre ellas era muy distante, Candela siempre mantenía un aire sumiso, a pesar del trato cordial que recibía, nunca entendí porque ella nunca me dejó hablarle, me decía; "tu eres una señorita, haz el favor de darte tu lugar".
A media mañana nos llamaba a un pequeño altar que tenía en una alcoba, para rezar el angelus, era una estancia pequeña con un aparador al fondo que dentro de sus puertas, guardaba las pequeñas figuras de los santos, acompañados de alguna foto antigüa de personas que desconocía y que se tornaban de un color dorado a la luz de las velas y las lamparillas de aceite, yo me distraía mirando sus llamas parpadeantes, tenía estrictamente prohibido entrar en aquella estancia, pero, lo que ella no sabía era que sola, nuca lo habría hecho.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Comienzos...


Hoy miro al pasado de una forma especial, estoy cansada de sensaciones del presente, cuando escribo, a veces destilo todo lo negativo, lo plasmo y me olvido de ello, es un poco como tirar a la basura todo lo que sobra y que dejo latente para tener memoria y no volver a caer en errores.
Hoy me vino a la mente una casa, que ha representado mucho para mí, una casa con un gran patio, lleno de columnas y grandes macetones, a ella, se llegaba por una cuesta de cantos rodados, la puerta era inmensa, maciza, de un color dorado, abrazada por un par de columnas de mármol y coronada por un gran escudo del que nunca supe nada, aunque ahora, mirando hacia atrás me gustaría recordar.
El patio estaba rodeado de grandes cristaleras veladas, cierros que tenían cierto matiz misterioso, recuerdo que me encantaba adivinar a quién pertenecían las figuras que a veces deambulaban por ellos en un camino que se tornaba fantasmal, algunas noches, era un reto el atravesarlos, mi corazón se aceleraba, corría por ellos casi con los ojos cerrados por si el alma de aquellas figuras permaneciera allí y pudiera asaltarme sin dejarme avanzar.
Las grandes estancias, de techos interminables, siempre permanecía a media luz, todo estaba tras esa luz ténue que se colaba a través de los visillos trasparentes, salpicados de encajes y cubiertos por unas cortinas rojas de tercipelo, estranguladas con un gran cordón de oro, muchas veces, ellas abrazaron mis silencios, solía meterme en ellas sintiendo su tacto suave y su olor perfumado.
A pesar de sus paredes níveas y gruesas por miles de pasadas de cal, la estancia guardaba un aire grisáceo, inhóspito, esa casa, a pesar de los años, no guardaba nada especial, era como si el alma que allí habitaba se hubiera esparcido por toda ella, pero sin impregnar de su influjo ningún rincón en especial.
Subiendo una gran escalinata de bordes de madera, que en ocasiones cedían ante mis pies y se combaban separándose peligrosamente del peldaño, se llegaba a una gran cocina, allí, cambiaba totalmente el espíritu de la casa, olores y colores cambiaban radicalmente de esencia, los suelos de barro gastados , la gran mesa , miles de ollas de color rojo que se esparcían colgadas por la gran despensa, donde era imposible perderse por las miles de cosas que guardaba, recuerdo bolsas perfectamente atadas, latas con dibujos imperceptibles a veces, imposibles de abrir por la dureza de sus cierres amarronados por el óxido, el olor a café y a plantas de infusiones que colgaban desde el techo en un ritual de aromas imposibles de olvidar. Era luminosa, de color blanco, una mezcla de barro, mármol y piedra, austera y cuadriculada, era la única parte de la casa que tenía vida, allí las tertulias se extendían hasta el atardecer, la cafetera siempre estaba lista , el brasero adormecía en invierno y la brisa del balcón refrescaba en verano. Si te asomabas por ese balcón podías divisar media ciudad, tejados amarronados y casas de cal contrarrestaban con la iglesia de piedra al fondo y el laberinto de calles empedradas que a veces se tornaban peligrosas de ver, no sin riesgo de caer precipitada.
Aún recuerdo que las noches insomnes eran en ocasiones aterradoras, cubierta por las sábanas, no movía ni un músculo de mi cuerpo, respiraba despacio y rezaba para que el sueño llegara de nuevo, casi nunca me daba cuenta de cuándo lo hacía, pero los minutos eran interminables, los sonidos de los maullidos de los gatos, semihumanos, me hacían estremecer, a pesar de que sabía que eran ellos, reconozco, los gatos nunca han sido santo de mi devoción. Su mirada luminosa en la noche, sus zalamerias traicioneras, no sé, nunca me convencieron a pesar de su dulzura en ocasiones.

lunes, 10 de noviembre de 2008

el momento del fin...


Era cuestión de tiempo... no era normal, años y años con la misma historia.
La verdad, he sido cobarde, ahora incluso creo que con un matiz inhumano, insensible, ignorante, hiriente, lleno de veneno y con grandes dosis de crueldad...
Culpa mía, mía y sólo mía, por no haber parado a tiempo... cómo desearía poder borrar el tiempo.
Espero poder superar y ganar la batalla a ese gusano, que silenciosamente me corroe por dentro, no duele lo suficiente, pero en un camino lento y firme, va acabando con mis fuerzas.
Ayer me decidí, saqué fuerzas, y dije, no más.
Pude ver tu cara de rabia, de impotencia, nunca ví a nadie tan desesperado. Igual en otro tiempo hubiera soportado tus quejas, pero ahora, empezar a escupir todo tu despecho sobre mí, es demasiado.
Es una historia vieja, pasada, incluso sobada, es mierda que huele al moverla, ¿por qué no has dejado las cosas como estaban?.
De lo que hubo hace un tiempo, no queda nada, ahora me dices que de todo esto sólo has sacado humo, que has dejado de hacer cosas, que has perdido el tiempo, ¿y yo que?. Por mucho que quiera arreglar las cosas, el peor de los casos es intentar que yo haga algo, que no deseo, para nada.
Hoy he estado todo el día desencajada, era un fantasma, mi alma no me pertenecía, volaba en otros mundos, pero sin ver una solución.

viernes, 7 de noviembre de 2008

QUE LOS RUIDOS TE PERFOREN LOS DIENTES...


Que los ruidos te perforen los dientes,
como una lima de dentista,
y la memoria se te llene de herrumbre,
de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros,
una pata de araña;
que sólo puedas alimentarte de barajas usadas
y que el sueño te reduzca, como una aplanadora,
al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle,
hasta los faroles te corran a patadas;
que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte
ante los tachos de basura
y que todos los habitantes de la ciudad
te confundan con un madero.
Que cuando quieras decir: "Mi amor",
digas: "Pescado frito";
que tus manos intenten estrangularte a cada rato,
y que en vez de tirar el cigarrillo,
seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones;
que al acostarse junto a ti,
se metamorfosee en sanguijuela,
y que después de parir un cuervo,
alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto,
para que los espejos, al mirarte,
se suiciden de repugnancia;
que tu único entretenimiento consista en instalarte
en la sala de espera de los dentistas,
disfrazado de cocodrilo,
y que te enamores, tan locamente,
de una caja de hierro,
que no puedas dejar, ni por un solo instante,
de lamerle la cerradura.

Oliverio Girondo (1891-1967)

miércoles, 5 de noviembre de 2008


Hace tiempo que ya no anudo los minutos como en aquel tiempo en el que el mundo irreal llenaba todos mis silencios.
Es duro llevar un símbolo como recuerdo, algo que representó tanto para nosotros, un lazo que jamás podrá borrarse, y que... ni el tiempo, ni la distancia, ni el posible olvido, podrán llevarse consigo.
Esos pedazos rotos, pero al mismo tiempo cargados con la suficiente fuerza, como para inundar todo mi ser, tanto, como esta enemiga que me corroe, sin tregua, despiadadamente, en un ritual parecido a un funeral de dolor.
Un día te dije que las rosas negras no eran bellas, que servían para adornar cementerios. Te reíste con esa risa pícara e irónica, la mas bella que jamás contemplé. Ahora descubro con cierta rabia, que las rosas negras no existen como tales, son el fruto de una manipulación artificial, son creadas para el espanto, para el mundo de lo siniestro, son símbolos de una transgresión nocturna, de la que un día formamos parte.