
Hoy miro al pasado de una forma especial, estoy cansada de sensaciones del presente, cuando escribo, a veces destilo todo lo negativo, lo plasmo y me olvido de ello, es un poco como tirar a la basura todo lo que sobra y que dejo latente para tener memoria y no volver a caer en errores.
Hoy me vino a la mente una casa, que ha representado mucho para mí, una casa con un gran patio, lleno de columnas y grandes macetones, a ella, se llegaba por una cuesta de cantos rodados, la puerta era inmensa, maciza, de un color dorado, abrazada por un par de columnas de mármol y coronada por un gran escudo del que nunca supe nada, aunque ahora, mirando hacia atrás me gustaría recordar.
El patio estaba rodeado de grandes cristaleras veladas, cierros que tenían cierto matiz misterioso, recuerdo que me encantaba adivinar a quién pertenecían las figuras que a veces deambulaban por ellos en un camino que se tornaba fantasmal, algunas noches, era un reto el atravesarlos, mi corazón se aceleraba, corría por ellos casi con los ojos cerrados por si el alma de aquellas figuras permaneciera allí y pudiera asaltarme sin dejarme avanzar.
Las grandes estancias, de techos interminables, siempre permanecía a media luz, todo estaba tras esa luz ténue que se colaba a través de los visillos trasparentes, salpicados de encajes y cubiertos por unas cortinas rojas de tercipelo, estranguladas con un gran cordón de oro, muchas veces, ellas abrazaron mis silencios, solía meterme en ellas sintiendo su tacto suave y su olor perfumado.
A pesar de sus paredes níveas y gruesas por miles de pasadas de cal, la estancia guardaba un aire grisáceo, inhóspito, esa casa, a pesar de los años, no guardaba nada especial, era como si el alma que allí habitaba se hubiera esparcido por toda ella, pero sin impregnar de su influjo ningún rincón en especial.
Subiendo una gran escalinata de bordes de madera, que en ocasiones cedían ante mis pies y se combaban separándose peligrosamente del peldaño, se llegaba a una gran cocina, allí, cambiaba totalmente el espíritu de la casa, olores y colores cambiaban radicalmente de esencia, los suelos de barro gastados , la gran mesa , miles de ollas de color rojo que se esparcían colgadas por la gran despensa, donde era imposible perderse por las miles de cosas que guardaba, recuerdo bolsas perfectamente atadas, latas con dibujos imperceptibles a veces, imposibles de abrir por la dureza de sus cierres amarronados por el óxido, el olor a café y a plantas de infusiones que colgaban desde el techo en un ritual de aromas imposibles de olvidar. Era luminosa, de color blanco, una mezcla de barro, mármol y piedra, austera y cuadriculada, era la única parte de la casa que tenía vida, allí las tertulias se extendían hasta el atardecer, la cafetera siempre estaba lista , el brasero adormecía en invierno y la brisa del balcón refrescaba en verano. Si te asomabas por ese balcón podías divisar media ciudad, tejados amarronados y casas de cal contrarrestaban con la iglesia de piedra al fondo y el laberinto de calles empedradas que a veces se tornaban peligrosas de ver, no sin riesgo de caer precipitada.
Aún recuerdo que las noches insomnes eran en ocasiones aterradoras, cubierta por las sábanas, no movía ni un músculo de mi cuerpo, respiraba despacio y rezaba para que el sueño llegara de nuevo, casi nunca me daba cuenta de cuándo lo hacía, pero los minutos eran interminables, los sonidos de los maullidos de los gatos, semihumanos, me hacían estremecer, a pesar de que sabía que eran ellos, reconozco, los gatos nunca han sido santo de mi devoción. Su mirada luminosa en la noche, sus zalamerias traicioneras, no sé, nunca me convencieron a pesar de su dulzura en ocasiones.



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