jueves, 30 de abril de 2009

Rompecabezas....


Anudo los minutos
dibujando tus sombras,
dejando atrás la mueca,
que llenó nuestros silencios.
Ahora me ves absurda,
indigna y jocosa
pero, no dudes.
Aquella que...
te adoraba en las noches,
aquella que...
te mostraba con orgullo...
no existe,
por su boca escapó
el dulzor de su aliento.

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Miró la piedra fría
confundida con el fuego,
pero...
Ahora ya es tarde,
todo es polvo seco,
donde nada renace.
Ahora el alma,
sin vida, se mueve
al compás del viento,
encima el abrigo,
capricho del destino.

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A lo lejos veo algo,
pero...
son sólo espejismos,
porque...
sólo quedan fantasmas,
con los perfiles de tu pelo.

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lunes, 27 de abril de 2009

Shakespeare...



When in disgrace with Fortune and men's eyes,
I all alone beweep my outcast state,
And trouble deaf heaven with my bootless cries,
And look upon myself and curse my fate,
Wishing me like to one more rich in hope,
Featur'd like him, like him with friends possess'd,
Desiring this man's art, and that man's scope,
With what I most enjoy contented least,
Yet in these thoughts myself almost despising,
Haply I think on thee, and then my state
(Like to the lark at break of day arising),
From sullen earth sings hymns at Heaven's gate,
For thy sweet love remember'd such wealth brings,
That then Y scorn to change my state with Kings.

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A veces en desgracia, ante el oro y los hombres,
lloro mi soledad y mi triste abandono
y turbo el sordo cielo, con mi estéril lamento
y viéndome a mí mismo, maldigo mi destino.
Envidio al semejante más rico de esperanzas
y sus bellas facciones y sus buenos amigos.
Envidio a este el talento y al otro su poder
y con lo que más gozo, no me siento contento.
Ante estos pensamientos yo mismo me desprecio.
Felizmente te evoco y entonces mi Natura,
como la alondra al alba, cantando toma altura,
para entonar sus himnos a las puertas del Cielo.
Me da sólo evocarte, dulce amor, tal riqueza,
que entonces, ya no cambio, mi estado por un reino.
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miércoles, 22 de abril de 2009

la Hidra de Lerna.


Heracles representa en un principio la sinrazón. Caminando hacia una meta abocada al fracaso, allí donde otros habían desistido, él comenzó su gran lucha.
La Hidra era infranqueable, poseía armas poderosas, la rodeaban la destrucción y carroña de la que se alimentaba. Sin saberlo, Heracles, se aproximaba hacia una batalla feroz, en la que él sería el protagonista.
La oscura ciénaga le avisó de la cercanía de su posible verdugo, arropada en su guarida, el monstruo silencioso aguardaba el mejor momento para matarlo sin piedad. La Hidra había pasado por esos momentos muchas veces, en ellos, sentía entre sus fauces, el último aliento de vida de los que se acercaban confiados, momento, en el que ella sentía gran placer. La maldad era regocijo para la Hidra, permitiendo que la presa se acercara y mostrara su debilidad, confiando plenamente. Una vez saciada de esa bondad era el momento de acabar con ellos, a mas dolor, mas satisfacción.
Heracles era listo, no iba a caer en los errores de sus antepasados. Cubrió su rostro a modo de escudo, para que el aliento mortal de la Hidra, no lo alcanzara.
Lanzó flechas contra su refugio, a sabiendas de que la Hidra saldría. Era su única oportunidad. Se enfrentó a ella con una hoz cortándole cada una de sus cabezas, pero, observó atónito como cada una de ellas se reproducía, doblegándose en maldad.
Una gran desesperación tuvo que apoderarse de este héroe en ese instante, en contra de toda lógica, no cejó en su empeño. Pero, la maldad a veces es torpe,y demasiadas veces, miramos a nuestro rival por encima del hombro.
Embriagada de soberbia, la Hidra sentía regocijo, y un gran desprecio por un ser tan débil, enfrentarse a ella era un esfuerzo inútil para una mente mediocre.
Heracles no poseía las armas adecuadas, pero nunca perdió la esperanza, donde otros, cegados por la duda y el abatimiento, regalaron la vida, él agudizó el ingenio y dijo; si puedo. Quemó cada uno de los muñones que cortaba, dejando sin rastro cualquier nuevo brote.
La Hidra poseía una única cabeza inmortal, que enterró bajo una gran roca, donde permanece y siempre permanecerá.

viernes, 17 de abril de 2009

Un cuento...


El silencio de las sirenas.

(Franz Kafka)


Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

miércoles, 15 de abril de 2009

hoy.....

Hoy rompo contigo...

Porque te escondes como un perro cobarde, porque no admites la realidad, porque me humillas en el silencio.

Hoy rompo contigo...

Porque mereces ser despreciado, porque no aprecias ser amado, porque crees saber todo de mí, cuando nunca, jamás me has perforado.

Hoy rompo contigo...

Porque cualquier bruja es mejor que este ángel blanco, porque conozco tus pasos, porque presumen de tu alegría como un triunfo, porque saben de ti, tanto como yo de tus engaños.

Hoy rompo contigo...

Porque quiero ser fuerte, porque quiero despreciarte, porque quiero olvidarte, porque quiero parecerme a ti.

Hoy rompo contigo...

Porque has hecho que pierda la confianza en el ser humano, porque me has envenenado, este vaso a rebosado y porque quiero que no signifiques nada para mí.