
Heracles representa en un principio la sinrazón. Caminando hacia una meta abocada al fracaso, allí donde otros habían desistido, él comenzó su gran lucha.
La Hidra era infranqueable, poseía armas poderosas, la rodeaban la destrucción y carroña de la que se alimentaba. Sin saberlo, Heracles, se aproximaba hacia una batalla feroz, en la que él sería el protagonista.
La oscura ciénaga le avisó de la cercanía de su posible verdugo, arropada en su guarida, el monstruo silencioso aguardaba el mejor momento para matarlo sin piedad. La Hidra había pasado por esos momentos muchas veces, en ellos, sentía entre sus fauces, el último aliento de vida de los que se acercaban confiados, momento, en el que ella sentía gran placer. La maldad era regocijo para la Hidra, permitiendo que la presa se acercara y mostrara su debilidad, confiando plenamente. Una vez saciada de esa bondad era el momento de acabar con ellos, a mas dolor, mas satisfacción.
Heracles era listo, no iba a caer en los errores de sus antepasados. Cubrió su rostro a modo de escudo, para que el aliento mortal de la Hidra, no lo alcanzara.
Lanzó flechas contra su refugio, a sabiendas de que la Hidra saldría. Era su única oportunidad. Se enfrentó a ella con una hoz cortándole cada una de sus cabezas, pero, observó atónito como cada una de ellas se reproducía, doblegándose en maldad.
Una gran desesperación tuvo que apoderarse de este héroe en ese instante, en contra de toda lógica, no cejó en su empeño. Pero, la maldad a veces es torpe,y demasiadas veces, miramos a nuestro rival por encima del hombro.
Embriagada de soberbia, la Hidra sentía regocijo, y un gran desprecio por un ser tan débil, enfrentarse a ella era un esfuerzo inútil para una mente mediocre.
Heracles no poseía las armas adecuadas, pero nunca perdió la esperanza, donde otros, cegados por la duda y el abatimiento, regalaron la vida, él agudizó el ingenio y dijo; si puedo. Quemó cada uno de los muñones que cortaba, dejando sin rastro cualquier nuevo brote.
La Hidra poseía una única cabeza inmortal, que enterró bajo una gran roca, donde permanece y siempre permanecerá.
La Hidra era infranqueable, poseía armas poderosas, la rodeaban la destrucción y carroña de la que se alimentaba. Sin saberlo, Heracles, se aproximaba hacia una batalla feroz, en la que él sería el protagonista.
La oscura ciénaga le avisó de la cercanía de su posible verdugo, arropada en su guarida, el monstruo silencioso aguardaba el mejor momento para matarlo sin piedad. La Hidra había pasado por esos momentos muchas veces, en ellos, sentía entre sus fauces, el último aliento de vida de los que se acercaban confiados, momento, en el que ella sentía gran placer. La maldad era regocijo para la Hidra, permitiendo que la presa se acercara y mostrara su debilidad, confiando plenamente. Una vez saciada de esa bondad era el momento de acabar con ellos, a mas dolor, mas satisfacción.
Heracles era listo, no iba a caer en los errores de sus antepasados. Cubrió su rostro a modo de escudo, para que el aliento mortal de la Hidra, no lo alcanzara.
Lanzó flechas contra su refugio, a sabiendas de que la Hidra saldría. Era su única oportunidad. Se enfrentó a ella con una hoz cortándole cada una de sus cabezas, pero, observó atónito como cada una de ellas se reproducía, doblegándose en maldad.
Una gran desesperación tuvo que apoderarse de este héroe en ese instante, en contra de toda lógica, no cejó en su empeño. Pero, la maldad a veces es torpe,y demasiadas veces, miramos a nuestro rival por encima del hombro.
Embriagada de soberbia, la Hidra sentía regocijo, y un gran desprecio por un ser tan débil, enfrentarse a ella era un esfuerzo inútil para una mente mediocre.
Heracles no poseía las armas adecuadas, pero nunca perdió la esperanza, donde otros, cegados por la duda y el abatimiento, regalaron la vida, él agudizó el ingenio y dijo; si puedo. Quemó cada uno de los muñones que cortaba, dejando sin rastro cualquier nuevo brote.
La Hidra poseía una única cabeza inmortal, que enterró bajo una gran roca, donde permanece y siempre permanecerá.



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