
Su cuerpo se lanzó hacia el abismo oscuro y como tantas noches, lo despertó un suspiro aletargado que lo ahogaba sin razón, sólo tomaba consciencia de la realidad cuando veía la pequeña luz lejana del candil que se filtraba por debajo de la puerta y que a duras penas le hacía vislumbrar los perfiles del lugar en el que se hallaba, entonces, su respiración acelerada tomaba el protagonismo y su mente intentaba ordenarse. Otra noche más... cuántas, y hasta cuando...recordaba la imagen de su hermano Mircea, lo admiró por tantos años, su referente, su guía...con él había descubierto el mundo y sus intrigas, de él lo separaron cruelmente cuando su adolescencia era incipiente, las noches ahogaban sus odiadas lágrimas, había aprendido a mantener la firmeza, la impasividad, la frialdad y la certeza, al menos eso debía conservar como tributo a su estirpe, el sello de su familia jamás perecería con él,al mismo tiempo, la venganza, aceleraba su deseo de sangre.
No necesitaba pensar mucho cómo sería el fin de su enemigo, del verdugo cruel que apaleó a su padre ante la mirada atónita de su hermano maniatado, ese que esperó al final lento y agonizante, padre e hijo, frente a frente, no podía soportar el pensar que el último hilo de vida que su padre conservaba en la mirada, el fin de su hijo, su hermano amado, nada pudo hacer su moribundo padre cuando colocaban un hierro incandescente en los ojos de la sangre de su sangre, justo antes de que la muerte diera su paso tras enterrarlo aún con vida, tumba en la que escupieron y orinaron... Todas esas imágenes daba razón a su destino, él estaba ahí, como brazo ejecutor de esa injusticia...a menudo hablaba con ellos, les pedía consejo y fuerzas, ahora, el momento se acercaba, doblegaría el sufrimiento de sus verdugos, la paz, alcanzaría su alma en ese aspecto, porque su sed era insaciable, por ellos llegaría a lo más alto.
Era una tarde de pascua de resurrección, el castillo lucía sus adornos relucientes y todo era bullicio de criados que iban de acá para allá con porte jadeante, las mesas estaban dispuestas y exquisitas y fastuosas viandas habían sido traídas de toda la comarca, vino italiano de la mejor calidad había sido importado para la ocasión, los Boyardos, tenían paladares acostumbrados a la buena mesa, todo tendría que estar impecable. Vlad había pedido a sus invitados que vistieran sus mejores galas para tal evento, era el momento de aunar destinos, disipar viejas rencillas y firmar una tregua beneficiosa para todos, eso al menos, es lo que había comunicado Vlad en un intento de justificar tal dispendio con los que antaño habían sido sus enemigos.
La cena discurría con normalidad, todo era perfecto. El vino adormecía los paladares y alegraba el alma de los comensales, las risas se distendían más allá, producto de la ebriedad y no tanto de la actuación de algún bufón con poca gracia. Todos brindaban, el olor a asado especiado circulaba por oleadas, además, era pascua de resurrección y con ella terminaban los ayunos impuestos por una cuaresma que por fría había resultado un poco larga. De repente se hizo el silencio, Vlad se había puesto en pie, para pronunciar algunas palabras y, a pesar de su porte poco elegante, había en él un cierto toque enigmático. Su pelo ensortijado parecía cobrar vida, haciendo juego con el brillo de sus ojos negros y profundos, su cara, conservaba siempre el mismo rictus, nada hacía prever su estado de ánimo, era como una estatua de mirada penetrante, capaz de fulminar y dejar en silencio a cualquiera que intentara mantenerla. Pidió silencio, una sensación plomiza sobrevoló en forma de brisa suave por todos los rincones, sólo se escuchaban el ruido de los ropajes y de algún perro en la lejanía, peleando por alguna sobra del asado. Dijo en tono suave: "Amigos nobles, sus hazañas les preceden, muchos de los presentes han luchado menospreciando sus vidas en numerosas batallas. Quiero decirles que es un honor compartir con vosotros tanta valentía, ahora les toca enfrentarse a la batalla más importante de sus vidas, espero que colaboren, su destino está escrito, ahora podrán conocer la diestra del padre". Arrojó su copa en una pared haciendo un ruido estridente que rebotó como un eco premonitorio. El vino rojizo caía por la piedra como un derramamienro de sangre, en ese instante salieron soldados de todos los rincones del palacio, nadie puso resistencia, el factor sorpresivo era la clave, en un principio las miradas desconcertadas buscaban entendimiento, cuando la realidad se tornó palpable y clara, ya era demasiado tarde. Los mayores eran capturados violentamente hacia fuera, mientras el resto de soldados, mucho más numeroso, retenía cualquier intento de huída. El vino hacía que los pasos de muchos fueran torpes y disparatados, el numeroso grupo se amontonaba en un intento de cobrar fuerza, pero cualquier intento era vano. Vlad seguía en su mesa, con mirada impasible todo lo que ocurría, con una naturalidad cínica, el espectáculo era dantesco. Las estacas de madera se amontonaban mientras los Boyardos eran atados por las extremidades a los caballos cuya fuerza las introducía atravesando todo su ser. El dolor debía ser desgarrador, los gritos, se ahogaban con estiércol, a más resistencia, más crueldad. Aquellos que aceptaban su destino tenían la suerte de ser atravesados por las entrañas con una muerte más rápida e igual de dolorosa. Las vísceras se derramaban por las estacas, los cuerpos eran clavados para que no se desplazaran, los niños eran unidos a sus madres por el corazón...Mientras, Vlad notaba como algo en su interior tomaba paz y sosiego, por fin, la venganza adormecía su parte más oscura. Un estado de felicidad, se apoderó de si. Pidió mas vino.