
Las mujeres vistas por Semónides.(texto de Eva Cantarella).
La historia de la Eva griega es muy significativa, como no podría ser menos. Sobre todo si a ella se le añade otra, la que cuenta el poeta Semónides de Amorgos.
Pues también Semónides en un poema conocido como "Yambo sobre las mujeres", explica con detalle lo que él considera la esencia femenina.
Algunas mujeres, dice Semónides, están hechas de agua y otras de tierra. Las que están hechas de tierra tienen las facultades mermadas por la voluntad de los dioses: no distinguen el bien del mal y sólo piensan en comer. En cambio, las que proceden del mar, tienen como el mar, dos naturalezas: un día son felices, alegran el hogar, y parecen las mejores esposas del mundo, pero al día siguiente son inasequibles, tienen arrebatos de cólera y atacan a amigos y enemigos sin distinción, como las perras que defienden a sus cachorros.
Pero aún hay mujeres peores: las que descienden de los animales, cuyos rasgos han heredado. Está la que viene de la cerda y vive en una casa sucia, no se lava nunca, se viste con ropa sucísima, engorda y se revuelca en el estiércol. la que desciende de la zorra: lo sabe todo, lo controla todo, pero se conforma y adapta a los acontecimientos. La que procede de la perra y vaga por la casa aullando, ladrando, nunca está tranquila ni aún siendo golpeada. La que desciende de burro es distinta: es paciente y trabajadora, come agazapada cerca del fuego y se le puede pegar sin que proteste. Pero tampoco esta es perfecta, dado que está dispuesta a hacer el amor con cualquiera.
La opinión de Semónides sobre las mujeres es de lo más clara, pero merece la pena seguir hasta el final de su increíble reparto.
la mujer-gata es sencillamente funesta: carece de gracia y fascinación, roba y engulle las ofrendas de los sacrificios antes de que puedan ser ofrecidos a los dioses. Y su ninfomanía es tan desmesurada que produce naúseas. Muy distinta es la yegua, refinada y esmeradísima en su cuidado, con el cabello peinado y adornado con flores, un auténtico espectáculo para los ojos, pero también un auténtico desastre para quién se case co ella, a menos que sea un rey.
Pero, la peor de todas es la mona: es tan fea que todos se ríen de ella. No tiene cuello, es basta de movimientos, seca y no tiene nalgas. Por si fuera poco, sólo piensa en hacer daño, lo que la convierte en la mayor desgracia que Zeus haya enviado a la tierra. Sorprende que, después de semejante repertorio, haya una mujer que se salve: la que desciende de las abejas. Ama a su marido y envejece a su lado, cría a sus hijos con devoción y no le gusta hablar de su sexo con las demás mujeres. Feliz aquél que se case con ella. pero cuidado, los versos finales del poema nos inducen a creer que semejantes mujeres no existen en la vida real, y Semónides concluye que las mujeres, aunque parezca que sirven para algo, son un problema para quienes se casan con ellas. Quien viva con una mujer no tiene un día de paz. Cuando tenga un invitado hará bien en mantenerse alerta, porque aquella que parece ser la mejor es la que te convierte en el hazmerreir de los vecinos: la mujer abeja ha desaparecido.
Llegados a este punto, es inevitable tratar de hallar algún consuelo. Y, para que podamos olvidar en parte la misoginia de Semónides, por suerte viene en nuestra ayuda un fragmento de un poema conservado en las Anacreónticas (imitaciones de la poesía de Anacreonte escritas en la Antigüedad tardía):
"A los toros la naturaleza les ha concedido cuernos, a los caballos pezuñas,
a las zorras velocidad, a los leones una temida dentadura;
ha hecho a los peces aptos para nadar, a los pájaros para volar,
a los hombres les ha dado el juicio, a las mujeres nada. Más he aquí
que a las mujeres, en lugar de lanzas y escudos les ha concedido
la belleza. Y la mujer hermosa vence al hierro y al fuego."



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