
"Quiero que sepas que las mayoría de mis cadenas de carne están provocadas por tus miedos".
El aire era cargado y espeso, voces banales se arremolinaban y la aturdían en una sinfonía demencial, al tiempo que clausuraban cuaquier tipo de armonía. Sentada frente a un café, frío, negruzco y sin espuma, intentaba ordenar alguna de las muchas ideas que la aturdían. No podía aceptarlo, se sentía malvada, sucia, inhumana, y lo peor, menos libre. Acababa de cambiar sus cadenas por otras nuevas, las de la conciencia. Ocho años de relación son muchos "te quiero" como para borrarlos de un plumazo. En cada uno de ellos había un matiz siniestro, sombrío e hipócrita. Demasiadas veces, se sintió incómoda cuando los pronunciaba dubitativa y temblorosa, los acompañaban un cierto matiz obligado. Ella lo hacía dominada por aquella parte de si misma que tanto odiaba, esa parte irracional que la envolvía en un torbellino pasional y la llevaba al borde de la locura. La inactividad de sus obras, el no hacer nada por cambiar, en cierta manera, la disculpaban ante si misma. Miraba su propia vida desde la butaca de espectadora y se sentía cómoda bajo el guión del destino. Aunque, por esa causa había llorado mil veces, algo superior a sus fuerzas le hacía permanecer en aquél estado y no poner freno. Era cobarde, esperaba que el tiempo fuera desmigajando los sentimientos y deteriorara la fuerza de éstos.



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