
Bueno, ya estamos de nuevo en el comienzo de otro cuarto más de rueda del año, para mí uno de los mejores. Puedo cerrar los ojos y ver las olas del mar, saborear la sal, sentir la brisa, oler el bronceador y tocar la arena...
Todos los años por estas fechas, ya comenzabamos a bajar a la costa, una carretera llena de curvas interminables, de hecho, aún está así, aunque mejorada.
Cuando era muy pequeña, mi abuelo nos esperaba en el comienzo del pueblo, con su pelo blanco como la nieve y sus gafas oscuras. Yo era su preferida y me quedaba extasiada mirando sus manos, arrugadas y oscuras, pero de una gran delicadeza.
El sonido era diferente, había una casa cuartel cerca de casa, donde anidaban miles de golondrinas y el cielo se cubría de sus danzas interminables.
Si existe un lugar donde soy realmente yo, en esencia, es ese, son tantas las cosas vividas allí siendo yo misma...si de vez en cuando me pierdo, es allí donde estan mis respuestas.
Hay una cosa que me encanta, es bajar por la tarde, cuando ya no queda sol, pero el día aún no acaba de marcharse, hundes los pies en la arena, que conserva en su corazón el calor del sol del día, pero que comienza a ponerse su manto frío, para recibir la noche.
Ha cambiado mucho ese paisaje, han pasado muchos años, ya no quedan las barcas alineadas en la arena, barcas que recobraban su vida por la mañana temprano cuando los pescadores, sacaban el copo. En la red se amontonaban miles de sardinas de color plata escurridizas, a veces, pero atrapadas sin retorno.
No sé por qué han venido a mí esas imágenes del pasado, igual son los deseos de volver, o quizá no quiera olvidar todo lo que llevo en la caja del recuerdo.



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