martes, 3 de abril de 2012


Me encantan estas horas, esas en las que el paseo abandona en la lejanía el eco de los murmullos de la tarde, dejando que el sonido de mis pisadas tome protagonismo.
Los focos de las farolas iluminan a duras penas la inmensidad de la arena perdiéndose en el comienzo de las olas, la calma es total. Sólo la luna es capaz de perfilar un leve camino en el espejo salado. Detrás, la vida. En frente, un horizonte inmenso abrazado por las luces lejanas de faros y casas que intentan permanecer al límite del mar...cuántos sueños encerrados, cuántas historias y protagonistas...bah, quizá la mayoría sean inercias cotidianas, esas en las que me niego a entrar. Porque...la verdadera vida pertenece a los locos, esos que se niegan a pasar por el tamiz de lo impuesto, de lo correcto, esos que ignoran la sensatez y cordura para dar la talla en esta sociedad que te perfila como un molde. Una leve brisa me despierta del letargo en el que estoy entrando, ese en el que te pierdes dentro de ti y nada de lo que te rodea toma protagonismo, un ver y no ver nada. En este instante la sensación de libertad es completa, sólo yo soy testigo de mi misma, no hay pose ni medida... ahora no queda nadie, solo yo... ¿seré capaz de escucharme?

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