
Había permanecido durante tanto tiempo encerrado en la mazmorra, que perdió toda noción temporal. Los muros y el suelo estaban cubiertos de costras de sangre. El calor y el hedor eran insoportables. Acosado por las chinches y las ratas, yacía, avejentado y demacrado, en una litera de paja húmeda. Era el hombre más dichoso de Roma, acaso del mundo entero.
Sus carceleros se entrometían en este "confinamiento solitario"; el cautivo sabía que nunca le dejaban tranquilo. En su corazón estaba el Maestro al que había servido todos aquellos años en su patria, junto a las aguas azules de un mar interior. En la oscuridad, vivía en la deslumbrante claridad de Cristo. Encadenado, era un hombre libre.
Los recuerdos le inundaban. No había olvidado la llamada: " Ven y sígueme". Lo dejó todo, redes, medios de subsistencia, independencia. Se comprometió y nunca se echó atrás, pese a sus yerros ocasionales.



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